Hace varios años atrás (2000/1), escribí sobre la situación del país en aquellos tiempos turbulentos y, lamentablemente, cíclicos en nuestra nación al cual titulé: “Argentina un país más o menos”; estaba inspirado en un hecho real que se vinculaba con mi especialidad profesional la “calidad”, disciplina que se inspira seriamente con la eficacia y la eficiencia, cosas muy alejadas de la realidad argentina ya que nuestros dirigentes- con sus vicios y vaivenes- su falta de voluntad de servicio social, reemplazado por egoísmos personales y/o de grupos, normalmente poderosos económicamente, y miserablemente humanos, siempre han operado como si fueran inmortales, corroborando que la avaricia humana no tiene límites de acumulación , ni moral que se los fije. Saben, además, que le otorga poder sobre otros seres humanos desposeídos lo que, casi seguro, les causa placer y les da la seguridad sobre si mismos que de otra manera no tendrían.
Todo lo descrito hace referencia directa a la esencia del ser humano. Si bien responde a esa avidez de poder de unos sobre otros, si bien ha servido directamente en el avance tecnológico de la humanidad, pero singularmente asociado a guerras explicitas (1914-1918 y 1939-1945, los conflictos mundiales más recientes), seguidos de numerosos conflictos bélicos regionales que, sin interrupciones, se mantienen hasta nuestros días y lo seguirán indefinidamente dada la “esencia del ser humano y sus miserias”. Que han edificado obras faraónicas en distintas partes del mundo, y en distintas épocas, siempre sobre ríos de sangre de los mas desposeídos, para mostrar su “poder” y desprecio sobre los mismos.
No obstante, durante estos últimos dos siglos la esencia del ser humano se ha mimetizado de “socialista”, “comunista”, “social demócrata”, “progresista”, etc., pero siempre ha prevalecido “su esencia”, cambiando de mascara para ocultar su rostro cruel, mascara que dura lo que un “carnaval”, y se vuelve a mostrar el rostro más cruel del ser humano, nuevamente el poder se entroniza, y les arrojan a la “plebe” las sobras de sus banquetes.
La gran mayoría “agradecemos” la sensibilidad de nuestros gobernantes y disfrutamos de un supuesto bienestar que durará hasta el próximo “carnaval”, sin cuestionar nada, ni preguntar hasta cuándo durará y, mucho peor, ni siquiera nos fijamos y/o nos preguntamos cómo han hecho nuestros vecinos como Uruguay, Chile, Perú, Bolivia, etc., para evitar estos vaivenes lamentables y cómo han domado a la inflación, ese flagelo que solo sufrimos Venezuela, Turquía y algún país africano de difícil nombre.
Realmente somos muy “predecibles” para nuestros dirigentes políticos que se divierten con nuestra inocencia y nos entretienen metiéndonos en la famosa “grieta”, dentro de la cual nos han convencido que esta es la razón de nuestros males y, en vez de estudiar cómo evitarla, nos entretenemos agrediéndonos y dividiéndonos, pingüe negocio para los poderosos y los políticos que siguen aprovechando el campo orégano que les dejamos y, por supuesto, alentando la famosa “grieta” con todo ahínco.
A esta altura cada quien se estará haciendo la pregunta: ¿por dónde empezamos el cambio?
La respuesta es: por el principio.
La pregunta será: ¿Cuál es el principio?
La respuesta es simple: el principio es usted.
El principio en éste como en todos los temas, fundamentalmente, está en uno mismo. Normalmente uno es la célula de una organización ya que el ser humano es un ser social que actúa y se interrelaciona con otros, individualmente o en grupos.
Pasar de la cultura de la indiferencia a la de la planificación y rigurosidad, no se sucede de la noche a la mañana ya que un cambio no es una decisión sino un proceso y los procesos necesitan tiempo.
Las etapas normales del proceso son: conocimiento, aprendizaje, aplicación y desarrollo o implementación. Deben ser generadas de adentro hacia fuera de la organización, no puede ser impuesto, sino que debe ser adquirido voluntariamente por las personas.
Alguien dijo que tenemos tendencia a confundir a las organizaciones con los edificios y maquinarias que las albergan. Las organizaciones, de cualquier naturaleza, son los seres humanos que las componen y hacia ellos debe ser dirigido el cambio.
Esto viene a cuento de que ya no se discute la necesidad del cambio, pero, en la práctica profesional, se ve que éste se materializa en nuevas oficinas, computadoras, una máquina para la fábrica o bien nuevas instalaciones comerciales. Este perfeccionamiento instrumental y tecnológico carece de sentido si no está acompañado del profundo cambio humano, que en definitiva es el que conduce a la erradicación del nefasto concepto del determinismo.
Nuestro país ha experimentado cambios muy importantes en los últimos años, podemos destacar entre ellos el proceso de apertura comercial, lo que ha puesto una presión desconocida sobre el aparato productivo nacional no acostumbrado a enfrentar tales situaciones.
Así en un tiempo relativamente breve nuestro mercado, antes cautivo y seguro, lo que daba pie a una pasividad, se vio inundado por productos y servicios de proveedores extranjeros, que son elaborados, distribuidos y comercializados mediante procesos inéditos en nuestro país.
Ante esta presión, empresarios y comerciantes se han dado cuenta de la importancia que tiene el ser competitivo para sobrevivir. Lo que aún no se ha tomado conciencia de que ser competitivo no puede ser solamente un esfuerzo aislado, porque a fin de cuentas todos están vinculados en largas cadenas de clientes y proveedores, lo que se sintetiza en la competitividad nacional con el término “costo país”.
El primer eslabón de la larga cadena mencionada lo constituye el gobierno, o la administración pública, cuyo nivel de eficiencia juega un papel determinante, recordemos que la calidad de un proceso empieza en la calidad del proceso inmediato anterior. Y para muchos efectos, la actividad del gobierno en su carácter normativo o productivo es “ese proceso inmediato anterior”, lo cual hace evidente que la administración pública impacta en un sentido u otro a la competitividad del país en su conjunto.
Finalmente, se entiende que el concepto de competitividad, tiene su punto de partida en el primer eslabón de la cadena, por tanto, el llamado a la reflexión, a la autocrítica severa, al comienzo del cambio, a la introducción lenta, pero sin pausas, de los conceptos de : planeamiento, exactitud, rigurosidad con nuestras actividades, interrelaciones que sumen fortalezas, trabajos grupales por sobre nuestra obstinada y orgullosa individualidad, búsqueda de las coincidencias por sobre las mezquindades humanas, la necesidad de estimular la grandeza por sobre la miseria humana, la participación por sobre la indiferencia, el esfuerzo genuino y transparente por sobre el determinismo que provoca que otros nos resuelvan los problemas para su beneficio, la disciplina por sobre el desorden , pero aun por sobre todo esto el orgullo de sentirnos habitantes de este maravilloso trozo de planeta al que debemos darle nuestro aporte para que no desentone con aquellos otros en los cuales sus habitantes le han dado sentido a la vida con su esfuerzo coordinado, alejándolos de cualquier vinculación con el concepto de la indiferencia que nos caracteriza.










