Nuestro mundo ha cambiado desde 1989-1991 hasta la fecha. Los que eran adolescentes en aquellos años, puede que lo asocien con la balada de Scorpions: Wind of change (Viento de cambio), y con la caída del muro de Berlín, pero en realidad nadie se ocupó de explicarles que era lo que ese viento estaba cambiando. En ningún programa de televisión o de radio, ni en ningún diario o revista de distribución masiva se realizaban análisis políticos en torno a lo que estos hechos significaban para el desarrollo de la historia mundial. En las escuelas, tibiamente en algunas clases de Educación Cívica se abordaba el tema de “la perestroika”. Pero no mucho más. Ni siquiera se daba a conocer el significado de la palabra, que traducida literalmente del ruso se puede entender como “reestructuración”, aunque en realidad involucró una serie de complejos cambios políticos y económicos de apertura hacia el resto del mundo.
Sin embargo, los dirigentes del más alto nivel de la ex Unión Soviética, es decir, el grupo de privilegiados denominado como la Nomenklatura sí habían advertido, y desde mucho tiempo atrás, la inviabilidad del sistema soviético. Se habían dado cuenta de que, si el mundo debía vivir bajo el comunismo, esto no se conseguiría con un mundo dividido en dos. Así fue como se les ocurrió que era mejor y más aceptable pensar en un solo mundo. Un lugar sin fronteras, con ciudadanos del mundo vagando de aquí para allá, sin un Estado Nación ni raíces culturales que los contengan.
Lo contradictorio de todo esto es que la democracia y la libertad están muy lejos de ser una realidad en este nuevo orden mundial. Muy por el contrario, se encuentran amenazadas por una agenda globalista que pretende terminar con los estados soberanos.
En este punto cabe aclarar la diferencia entre dos términos que se parecen: globalismo y globalización.
El globalismo es una especie de complot para la cimentación de una estructura política y económica global única, es decir, para la construcción de un solo mundo, en teoría más integrado (Un mundo que cambia, César Vidal, 2020).
La globalización está caracterizada por la creciente gravitación de los procesos económicos, sociales y culturales de carácter mundial sobre aquellos de carácter nacional o regional, gracias a los drásticos cambios en los espacios y tiempos generados por la revolución de las comunicaciones y la información (Globalización y desarrollo, CEPAL, 2002).
Si bien en el citado documento de la Comisión Económica para America Latina y el Caribe (CEPAL) se describe al globalismo como una etapa que continúa a la globalización del comercio internacional gracias a las tecnologías de información, no debemos pasar por alto las declaraciones que el magnate David Rockefeller realizara en sus Memorias (2002), donde afirmó rotundamente que él, su familia, su fundación, trabajaban en la creación de una agenda globalista que tenía como objetivo someter al mundo a un nuevo orden, cuyos objetivos finales eran: terminar con las naciones como estados soberanos y con las raíces culturales sobre las que estaban fundados; apoderarse de las riquezas de los países luego de transformarlos en simples protectorados; e implementar mundialmente una política anti-familia, de manera tal de reducir drásticamente la población del planeta.

Tampoco resulta de menor importancia entender que todo lo anterior ha ido unido a una ofensiva descarnada contra el cristianismo para desterrarlo totalmente, ya que representa una clase de valores que se contrapone a ese absolutismo internacional. Sobre esto, ningún documento de la CEPAL hace mención.
Pues bien, la agenda 2030 y los objetivos para el tercer milenio no son ya un secreto guardado en los sótanos de Davos, son una realidad que hasta cuenta con una página web dentro del portal de la ONU. Efectivamente, el Foro Económico Mundial que se reúne todos los años en la antes mencionada ciudad suiza ha tenido una gran participación en la implementación de estas políticas globalistas, gracias a la anuencia de multimillonarios como George Soros, entre otros, además de los señalados anteriormente (https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/2015/09/la-asamblea-general-adopta-la-agenda-2030-para-el-desarrollo-sostenible/)
Los preceptos en los que se basa la agenda globalista son los siguientes:
- El calentamiento global: se asegura que vivimos en un proceso de calentamiento global – cambio climático que se percibe en todo el globo terráqueo; que esto nunca ha ocurrido antes; que este proceso se debe a la actividad humana (esto surge del libro Los límites del crecimiento, MIT, 1972 y 2004); que debe ser controlado para garantizar la vida de las generaciones futuras.
- La ideología de género: indica que el hecho biológico de ser hombre o mujer no es determinante, es reversible, y, por otro lado, el sexo no es algo natural ni un impulso de la naturaleza, es una tecnología de dominación hetero social. Esto surge como necesidad de desvirtuar la familia natural y fomentar el matrimonio homosexual como medida de control de la natalidad, y, por ende, de la población mundial.
- La reducción de la población: esto surge como conclusión de los estudios publicados en el libro antes comentado, “Los límites del crecimiento”, donde, en síntesis, se afirmaba que “si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene, alcanzará los límites absolutos de crecimiento en la Tierra en los próximos cien años”. La solución para esto sería según los cultores de la agenda globalista, detener completamente el crecimiento económico y poblacional. No es casualidad que esta agenda promueva también el aborto y la eutanasia.
- La defensa de la inmigración ilegal: el precitado documento de la CEPAL hace mención a la desigualdad a que dio lugar la globalización, permitiendo que los capitales puedan moverse a gran velocidad de un lugar a otro del planeta, pero no así la mano de obra, que cuenta con restricciones para entrar y salir de los países según sus deseos.
La idea de un mundo multicultural sin fronteras tomó forma a través del lo que se denominó la socialdemocracia, es decir socialismo con democracia. En nuestro país, el encargado de promover esta agenda es, fundamentalmente, el radicalismo. La Unión Cívica Radical es miembro de la Internacional Socialista, y quien inició la aplicación de algunas medidas por el estilo fue el expresidente Raúl Alfonsín a partir de 1.983 (https://www.internacionalsocialista.org/politicas-progresistas/miembros/).
Con todos estos antecedentes, no resulta lógico seguir analizando la política mediante un esquema de izquierda y derecha, como si la revolución francesa hubiera ocurrido sólo hace un par de décadas, y como si la guerra fría no se hubiera agotado.
El escenario actual ubica a quienes son defensores de la agenda globalista frente a los que se pueden denominar como soberanistas, es decir, aquellos que quieren preservar los Estados Nación y la soberanía sobre su territorio en forma real, no ficticia. Son éstos los que no quieren estar sometidos a las directivas y políticas de gobiernos supra nacionales que no son elegidos por nadie, y por tanto no tienen legitimidad democrática.
No obstante, ya podemos encontrar en nuestro medio algunos partidos políticos de reciente creación que llevan la palabra soberanía en su nombre, aunque, en realidad, verificando la historia política de sus fundadores y/o militantes nos encontramos con la sorpresa de que son satélites de partidos comunistas o socialistas.
Debemos prestar atención y, sobre todo, no debemos dejarnos llevar por análisis políticos basados en la dinámica amigo – enemigo de izquierdas y derechas. Es hora de asumir con patriotismo la defensa de nuestras raíces culturales.








