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martes, 28 de julio de 2026
Operación Virgen del Rosario Malvinas

Voces de la Operación “Virgen del Rosario”

En el libro Santa Fe en Malvinas, dos veteranos de la Fuerza de Tareas Anfibia 40 relatan en primera persona la experiencia de haber participado en la recuperación de las islas. Sus testimonios, cargados de emoción y crudeza, revelan tanto la dimensión bélica como la humana de aquel dos de abril de 1982.

Sergio Lucilo Benítez

Nacido en San José, Entre Ríos, Sergio Benítez trabajaba como panadero antes de ingresar a la Armada en 1978. Como Cabo Segundo Maquinista, su destino fue el Destructor ARA Hércules. El 27 de marzo de 1982 comenzó su participación en el Operativo Virgen del Rosario, embarcando víveres mientras comandos cargaban pertrechos de combate.

El 1 de abril, su comandante les informó que esa misma noche cubrirían puestos de combate para recuperar las Islas Malvinas. “Sentí una emoción total, mezclada con incertidumbre”, recuerda. Su puesto estaba en la máquina auxiliar de popa, encargado de los destiladores de agua y calderetas para la cocina, baño y calefacción.

Los días de guerra se vivieron con tensión: dormir vestido, con salvavidas puesto y una bolsa lista para sobrevivir en caso de naufragio. Tras el hundimiento del crucero, la amenaza de submarinos nucleares era constante. A finales de mayo, el Hércules quedó fuera de combate tras romper hélices en un choque.

Hoy, Benítez define ser veterano como un recorrido de 39 años entre el silencio inicial solo con la convicción de haber cumplido, y el reconocimiento social y político que llegó con el tiempo. “La Causa Malvinas significa honrar y luchar por nuestros derechos en honor a quienes ofrendaron la vida por nuestra soberanía”, afirma finalmente.

 

Miguel Roberto Haspert

Oriundo de Santo Tomé, Miguel Haspert cumplía el servicio militar en el Buque de Desembarco de Tanques ARA Cabo San Antonio. El 2 de abril de 1982 participó del desembarco en Malvinas. Los días previos, en Puerto Belgrano, el movimiento era intenso: tropas, tanques y vehículos anfibios se cargaban rumbo a la misión.

Durante la navegación, les comunicaron que el objetivo era recuperar las islas. “Lo primero que pensé realmente es que iba a morir”, confiesa. El desembarco se realizó atravesando un canal bajo riesgo de bombardeo; sus compañeros informaron que les habían tirado un cañonazo desde adentro de un «rancho» que había picado en el agua cerca de la punta del barco. Ante aquello, el ARA Hércules abrió fuego para neutralizar el ataque.

Haspert cubría funciones en la sala de máquinas, pero alcanzó a ver desde cubierta los combates y el miedo de los habitantes locales. En un segundo viaje, la tensión aumentó por la presencia de submarinos británicos. Maniobras evasivas salvaron al buque de torpedos que terminaron impactando en la playa.

Su misión incluyó salir al encuentro del Aviso ARA Alférez Sobral, gravemente dañado por misiles enemigos. Entre tormentas y oleaje, rescataron heridos y recogieron cuerpos de camaradas fallecidos. “Los que habían sobrevivido estaban desolados y agobiados por la situación. Sin embargo, mostraron una entereza digna de admiración”, relata.

Para Haspert, Malvinas fue el hecho más trascendente de su vida. Aunque considera que a veces las guerras pueden ser inútiles, indica que si tuviera que volver lo haría. «Debemos continuar luchando para recuperarlas pacíficamente”, asegura al final de su relato.

Estos relatos, atravesados por el miedo y el orgullo, son parte de la memoria viva de la provincia y del país. La Operación «Virgen del Rosario» no solo marcó un capítulo en la historia argentina, sino también en la vida de quienes, como Sergio Benítez y Miguel Haspert, cargaron desde entonces con el legado de Malvinas, y eligieron transformarlo en testimonio.

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