Periodismo de veras

domingo, 5 de abril de 2026
Engranajes industriales trabados u oxidados como metáfora de la crisis del sistema político argentino.

Los mediocres y soberbios nos quieren dejar sin esperanza

La ciudadanía no está necesitada de derechos, la gente reclama que la cosa funcione y, para ello, se requiere que los medios de producción y los partidos políticos estén conducidos por gente preparada para hacerlo posible y no por simples mediocres que solo tratan de hacer lo posible. Se necesitan personas honestas y trabajadoras. Se requiere gente de bien. Políticos y empresarios nos quieren quitar la esperanza. Deberían empezar a buscar otra ocupación.

Es interesante mostrar al lector las bondades de cambiar el sistema de gestión actual de las organizaciones políticas, y del sistema político en general, por un modelo gerencial que responda a las necesidades actuales de la población argentina, ya que la forma en de hacer política que emplea el típico político argentino es tan vieja y decadente que nos resulta totalmente inservible.

Para esto es necesario entender de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Son las cuestiones básicas que nos harán comprender la NECESIDAD DE CAMBIO EN LA POLÍTICA.

1- ¿De dónde venimos?

Venimos de una época donde las demandas sociales estaban relacionadas con el reconocimiento de derechos. Los derechos de los trabajadores, los derechos de las mujeres, los derechos del niño, los derechos humanos. Y, por lo tanto, las organizaciones políticas estaban estructuradas internamente para dar respuesta a ese tipo de demandas. Así se fundaron y se organizaron los tradicionales partidos políticos del siglo XIX y siglo XX en nuestro país.
Mientras el entorno económico-productivo se caracterizaba por una oferta que superaba ampliamente a la demanda y, en consecuencia, se desconocían los conceptos de eficacia y eficiencia y la velocidad de reacción no tenía mayor importancia. Esto también consecuencia de lo anterior.

Era una época dónde no se ponía énfasis en los sistemas de gestión de los medios de producción, ni mucho menos en los sistemas de gestión de los partidos políticos, ni de ningún otro tipo de organización.

Esto quizás tenía que ver con la creencia imperante en aquellos años de que con la intuición era suficiente para dirigir un partido político o una empresa. O con la creencia de que la capacidad de oratoria y la habilidad para redactar un discurso eran suficientes para fundar un partido político. Lo importante era amontonar la mayor cantidad de gente.

O quizás haya tenido que ver con el hecho de que la información y la capacitación eran irrelevantes.

2- ¿Dónde estamos?

Esta época, los 2.000, está caracterizada por la insuficiente calidad de gestión de las instituciones y del sistema político en general. Es efecto, por ejemplo, si medimos la calidad de gestión del sistema de justicia de acuerdo con la preparación de quienes deben impartirla, la decadencia resulta evidente desde el momento en que la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe está integrada por letrados que nunca han sido jueces a lo largo de su carrera profesional. Esto, que a todas luces sería un escándalo a nivel nacional, es sin embargo ocultado a la población, distrayéndola fácilmente con otros asuntos. Sólo por mencionarlo, durante 2025, cuando el Poder Ejecutivo nacional pretendía nombrar en la Corte Suprema de la Nación a dos jueces (no importan sus nombres), todos los políticos salieron al cruce invocando todo tipo de pretextos para justificar su oposición, uno de esos fundamentos era que “no contarían con los pergaminos necesarios” para estar a la altura del cargo. Esos mismos legisladores que votaron a favor de la incorporación de la abogada Margarita Zabalza a la Corte Suprema Santafesina, argumentando que era una mujer de “probada militancia socialista”, se rasgaban las vestiduras cuando les preguntaban por los pliegos de Lijo y Ramos Padilla. Queda claro que todo el sistema político argentino carece de calidad humana.

En otro orden de cosas, caracteriza el momento actual el hecho de que la rentabilidad social de la inversión pública resulta imposible de medir por falta de datos estadísticos confiables. El gasto público en aumento, sin consideramos el gasto de las provincias y municipios y el nivel de vida en permanente caída completan el pésimo panorama que deja a la mayoría de las personas sin esperanza cuando ven que lo que ganan, no alcanza.

El excesivo costo del sistema político, llámese embajadores, ministros, legisladores, jueces, fiscales, etc., no parece importar demasiado a estos funcionarios que tratan de convencer a la gente de que todos los problemas provienen del entorno, siempre buscando culpables y nunca soluciones. Es decir, ellos no tienen nada que ver con este asunto.
Dirigentes orientados a actividades funcionales y no de procesos; dependientes del pasado y no del futuro, los que a su vez están convencidos de que en la organización política se hacen las cosas bien. Pero, cabe preguntarse: ¿son esas cosas las que había que hacer correctamente?

3- ¿Hacia dónde vamos?

El entorno productivo dominado por la globalización de la economía, y por el globalismo de la política ya es un hecho. Es decir, estamos en un mundo donde se pretende suprimir los Estados Nación, despojando a los países de su soberanía y a las personas de su cultura nacional, de sus raíces. Eso es el globalismo. Y vivimos en un mundo donde un obrero aprieta el botón equivocado en una acería en Rusia y aumenta el precio del pan en Bolivia. Eso es la globalización.

Vivimos en un mundo donde la velocidad de los medios de comunicación aumenta constantemente. Un mundo que exige cada vez más, una capacitación permanente para resolver los problemas que hacen a la mejora del nivel de vida de las personas y a la gestión de los medios de producción y de las organizaciones políticas.

Pero la soberbia recalcitrante de los empresarios y el cinismo cebado de desidia de los políticos quedan tapados por una pauta publicitaria que no permite que se conozca la verdad. Y no hay más que hacer, el que es compadrito, paga para hacerse nombrar, a lo que nosotros agregamos: también paga para hacernos callar, aunque ya no tengamos voz.