Las reservas de divisas que un país puede acumular en un cierto período de tiempo dependen de lo que ese país exporta o sea que, en primera instancia, están relacionadas con el mayor o menor intercambio del país con el exterior, es decir, con el grado de apertura económica. De hecho, no es conveniente que un país tenga una economía totalmente cerrada ya que siempre es necesario importar algunos bienes que no se producen localmente, los que deberán pagarse con moneda extranjera, por ejemplo, dólares, que ingresarán gracias a las ventas al exterior que hagan los productores locales. En el largo plazo, el valor de lo que un país importa debe ser igual a lo que exporta, aunque siempre es conveniente tener una reserva de dólares para afrontar períodos donde momentáneamente bajen las exportaciones y sea necesario importar equipos para la producción o bienes de consumo que no se producen en nuestro territorio.
A su vez, las cuestiones de comercio exterior impactan sobre el tipo de cambio de las divisas, siendo en Argentina el dólar estadounidense la más importante. En efecto, si las importaciones son muy superiores a las exportaciones no habrá dólares suficientes para que ingresen esos productos desde el exterior. Si el cambio es libre, como ocurre en este momento (marzo de 2026), la existencia de una gran demanda de divisas y la imposibilidad de satisfacerla por inexistencia de dólares provocaría una suba del precio de esta moneda como consecuencia lógica de la ley de oferta y demanda lo que, indefectiblemente, llevaría a una desvalorización de la moneda local. Si la compra y venta de dólares no es libre, como lo fue durante 15 años hasta abril de 2025, entonces habrá restricciones a las importaciones y se impondrán trámites muy engorrosos y burocráticos que dejarán en manos de algún político sin conocimientos la decisión de qué productos son prioritarios al momento de permitir su ingreso al país. Lo antedicho tiene además el problema de que brinda mayores oportunidades para que se desarrollen mecanismos de corrupción.
En rigor de verdad en nuestro país rige actualmente un sistema de flotación acotada, donde el gobierno no fija la relación de cambio entre el peso y el dólar, ni impide que cualquier persona o empresa compre dólares en la cantidad y el momento que lo desee o necesite, pero sí impone una banda de flotación de valor de la divisa norteamericana, con un mínimo y un máximo, que indican que cuando su valor de mercado queda por fuera, el gobierno interviene comprando o vendiendo dólares para restablecer el equilibrio acotado. Esto se hace para evitar que aquellos que poseen grandes montos de dólares manipulen el mercado para obtener beneficios en detrimento de los demás participantes de éste.
¿Está atrasado el dólar?
Al hablar de atraso cambiario se hace referencia a que, supuestamente, el valor del dólar está por debajo de la cifra que debería tener para propiciar ciertas operaciones económicas y que ese “atraso” se debe a intervenciones del gobierno que perjudican la economía en general.
De ahí que los analistas económicos sean abrumados persistentemente con la siguiente pregunta: ¿usted cree que el dólar está atrasado?
La respuesta no es fácil, pero debería ser bastante sencilla, tal cómo lo resumió alguna vez el ya fallecido Aldo Pignanelli, quien respondió: “no lo sé, yo no soy adivino, asique no sé cuánto debería estar el dólar, pero hay una forma de estimarlo”.
Y a este punto queríamos llegar. No se trata de una cuestión religiosa, no se trata de creer o no que el dólar vale menos de lo que debería. En primer lugar, porque es una apreciación individual, es decir, depende del uso que la persona o empresa le vaya a dar a los dólares que necesita. Y, en segundo lugar, porque se puede calcular, al menos aproximadamente, utilizando ciertos datos que publica el Banco Central de la República Argentina (BCRA).
Como ya dijimos, una empresa puede necesitar dólares o cualquier otra divisa para comprar en el exterior insumos y/o equipos que necesita para producir en nuestro país, o para pagar los dividendos a sus accionistas en el exterior. Por otro lado, una persona puede necesitarlos para pagar servicios que compra en el exterior, para abonar los gastos de un viaje que debe realizar a otro país, para enviar dinero a otra persona que se encuentra en el exterior, o para ahorrar, si es que no tiene confianza en el peso argentino. Por lo tanto, al mismo tiempo puede haber varios agentes económicos necesitados de operar con divisas, a los cuales les conviene un tipo de cambio diferente. El problema se complica si además agregamos a los productores que desean exportar sus manufacturas, a quienes probablemente les convenga un precio del dólar distinto del que le resulta atractivo a los demás. Incluso a los exportadores de productos agropecuarios le puede convenir un tipo de cambio distinto que a los exportadores de productos químicos, que a su vez puede ser distinto del que le conviene a los exportadores de combustible y energía.
Esto nos permite sacar una primera conclusión, que es verdaderamente trascendente y reveladora: la competitividad del país no depende del tipo de cambio.

Esto se deduce como lógica consecuencia de lo antes comentado. Si al mismo tiempo hay agentes económicos que desean exportar, otros que desean importar, y otros que desean ahorrar en dólares, etc., y a cada uno le conviene un dólar distinto, entonces el gobierno no tiene porqué fijar un único tipo de cambio, sino que cada uno debe tratar de vender o comprar los dólares según más le convenga. En esa compulsa entre oferta y demanda se llegará a un precio de equilibrio si no aparecen actores que traten de romperlo mediante maniobras especulativas.
Por lo visto, el sistema de flotación acotada parece ser el que mejor se adapta para nuestro país. Sin embargo no debemos dejar de preguntarnos: ¿Cómo saber si el dólar tiene un valor razonable?
¿Cómo determinar si las bandas han sido establecidas dentro de los valores más convenientes para la economía en su conjunto?
Los argumentos que responden a estos interrogantes no tienen nada que ver con lo que se suele pregonar insistentemente en los medios de comunicación.
(continúa en la parte 2)









