Por Sebastián Horacio Trovato – Analista de seguros y siniestros viales.
En la Argentina de 2026, la inseguridad vial continúa siendo una de las problemáticas más graves y menos abordadas con la seriedad que merece. Mientras miles de personas transitan diariamente rutas, avenidas y calles urbanas en condiciones cada vez más complejas, la sensación es que hace tiempo las autoridades dejaron de mirar la cuestión vial como una verdadera prioridad social.
La problemática vial ya no puede entenderse únicamente como un problema de tránsito.
Se transformó en una crisis humana, cultural y estructural que atraviesa a toda la sociedad. Los siniestros viales continúan siendo una de las causas de muerte más frecuentes en Argentina, afectando especialmente a jóvenes y adultos. Sin embargo, detrás de cada choque, víctima fatal o familia destruida, existe un elemento constante: El factor humano.
La mayoría de los siniestros no ocurren por casualidad. Ocurren por decisiones. Exceso de velocidad, distracciones, consumo de alcohol, maniobras imprudentes, falta de respeto por las normas y una peligrosa sensación de superioridad al volante. Pero lo más preocupante no es solamente la conducta en sí, sino cómo esas conductas comenzaron a verse como algo normal.
En Argentina se ha naturalizado peligrosamente el riesgo vial. Cruzar un semáforo en rojo “porque no viene nadie”, utilizar el celular mientras se conduce, exceder los límites de velocidad, manejar agresivamente o conducir después de consumir alcohol dejaron de percibirse como hechos graves para convertirse en hábitos cotidianos tolerados. Y quizás uno de los problemas más profundos sea cómo estas conductas continúan
justificándose como “errores” o “distracciones”, cuando detrás de muchos siniestros existe irresponsabilidad consciente.
Conducir no es solamente una rutina diaria; es una responsabilidad social que implica entender que cada decisión al volante puede poner en riesgo la vida propia y la de terceros. Minimizar estas conductas solo contribuye a seguir normalizando una violencia vial que hace años dejó de ser excepcional para transformarse en una tragedia cotidiana.
Existe una anomia vial profundamente instalada en la sociedad. Las normas dejaron de percibirse como herramientas de convivencia y pasaron a verse como obstáculos que pueden evitarse. Cuando el incumplimiento se vuelve cultural, el tránsito deja de ser un espacio compartido y se transforma en un escenario de supervivencia.
Muchos jóvenes crecen observando conductas irresponsables que luego replican como hábitos cotidianos. Pero el problema no pertenece únicamente a las nuevas generaciones. También muchos adultos incorporaron prácticas peligrosas como parte de su rutina diaria, convencidos de que el siniestro siempre le ocurre al otro, por lo cual, la imprudencia dejó de ser excepcional para convertirse en algo frecuente.
Mientras tanto, las respuestas estructurales siguen siendo insuficientes. La falta de infraestructura adecuada, el deterioro vial, la escasa educación vial y la ausencia de políticas firmes generan un escenario donde la prevención parece quedar relegada.
Argentina necesita volver a discutir seriamente la cultura vial que está construyendo. Porque cuando una sociedad se acostumbra a convivir con la tragedia cotidiana, el peligro más grande ya no es solamente el tránsito, sino la indiferencia. Y quizás ahí aparezca una de las reflexiones más importantes: en materia vial, gran parte de lo previsible también es prevenible. Cuando la irresponsabilidad y la imprudencia se naturalizan, las consecuencias dejan de ser hechos aislados para transformarse en una realidad repetida. Conducir no es solamente un hábito cotidiano; es una responsabilidad social que implica comprender que cada decisión al volante puede cambiar vidas para siempre.








